Diario de casualidades 0: Jazzclub
Un usuario de un foro extinguido me envió dos correos sobre un club privado.
CORREO 1
Te decía lo del bar cerca de la Plaza Mayor porque, si no lo conoces, de verdad, tienes que verlo. Soy muy fan de los bares: desde pubs ingleses tipo años 60 hasta bingos o sitios de taxistas. Las discotecas no las soporto, pero alguna vez me ha tocado ir. El bar se llama JAZZCLUB. Está en un primer piso de la calle Dr. Cortezo (frente a los Cines Ideal). En esa acera hay pocos portales; mira los telefonillos hasta que veas el nombre. Si no te dejan entrar, di que vas de parte de Matías (no soy yo; es un tío que pincha ahí). El dueño se llama José Luis: un pesado, y toca en un grupo aún más pesado. El sitio es increíble. Yo no pienso volver en mi vida.
CORREO 2
¿Te dije que no volvería más? Anoche acabé otra vez en el Jazzclub. Los tipos que me llevaron —decían que eran guionistas de Gran Hermano, imagínate— lo llaman “el infierno de cabeza”. Es un sitio flipante, pero no vayas en fin de semana: no te van a dejar entrar. Por lo visto hay que llamar antes a un móvil. Parece de coña, pero son rarísimos. Anoche estaba lleno de tías de taitantos, de coca hasta las cejas, que se te quedaban mirando como si pidieran ser rescatadas de arenas movedizas. Ese tipo de bar. Dices que no vuelves y luego, de repente, estás ahí otra vez como un gilipollas. La decoración y la música, muy buenas. Y la fauna también. En Lavapiés hubo hace años otro parecido, El Marlin. Allí había un tío que se sentaba en la barra, miraba hacia arriba, se ponía un tercio en la frente y se tiraba así toda la noche. Te lo juro.
Sábado, 5 AM. Plaza de Jacinto Benavente
Una mujer más aletargada que colocada pide unas monedas. No quiero o no tengo nada que darle. Tampoco estoy para hacer cálculos. Sigue nuestros pasos sin insistir ni mediar palabra. Nos vamos a casa.
Al doblar la esquina topamos con un SEAT Ibiza con las puertas abiertas de par en par y la música puesta. El propietario apoyado fuera parece esperar a alguien. Todo en él es blanco; gafas, traje y sombrero. Me asomo al interior del coche atraído por su tapicería.
El tipo de blanco se arrima a la mujer con decisión. Ella lo rehuye y desaparece por una calle estrecha. Vuelve hacia nosotros sin inmutarse.
—¿Qué hacéis por aquí?
Se define como «alguien que estudia el modo de ocio de los jóvenes» y propone ir a un sitio llamado Jazzclub. Hay que avisar por teléfono y decir una contraseña. Convenzo a mi amigo y aceptamos. No menciono los correos.
Caminamos hasta un portal de Doctor Cortezo. El hombre de blanco susurra al interfono:
—Carpanta.
Suena el zumbido de la cerradura. La escalera huele a pintura vieja. En la galería de verde quirúrgico reina el silencio. A mitad de la subida, el hombre de blanco me da un billete de 50 euros.
—Dentro no me conocéis de nada.
El recibidor es una barra low-tech custodiada por dos barman guardianes. Sonrien de forma protocolaria al hombre de blanco. Las bebidas son el peaje. El de blanco indica que yo pague su copa.
A ritmo de minimal techno, grupos de treintañeros (y más) conversan absortos en sí mismos, hundidos en sofás alrededor de mesillas redondas. Nadie baila. Nadie se acerca. No somos vanguardia noctámbula.
Localizo al hombre de blanco junto a la cabina del DJ. Amago con pedir una de Blur, pero me contengo. El de blanco no parece reconocerme. Veo su sombrero alejarse en la oscuridad del pasillo.
Mi amigo está en punto muerto. Yo voy igual de sonado, aunque con cierto nervio impulsado por los correos. En el fondo granate destaca una señora enfundada en un brillante traje de látex rojo con manchas negras.
Voy al servicio a despejarme. Levanto la tapa del retrete. Dentro hay un sombrero blanco. Mientras bebo agua a morro, un tipo curiosea a través del espejo. Espera a que cierre el grifo. Balbucea algo que no entiendo.
Regreso al salón. Los guardianes vigilan cada movimiento. Tengo sueño, ganas de tumbarme en la alfombra... ¿Y si nos retienen? ¿Dónde está el de blanco?
Consigo desperezarme. Despego a mi colega del sofá.
Miradas congeladas en el recibidor. Alzan sus cuellos sin llegar a tocarnos.
Abandonamos el Jazzclub.
Cambiaron la contraseña.
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